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La quinta entrega de Pesadilla en la Cocina ya está aquí

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Pesadilla en la Cocina regresó el pasado jueves a la Sexta por quinta vez. El nuevo espacio de telerrealidad, basado en el formato estadounidense Ramsay´s Kitchen Nightmares, del chef Gordon Ramsey, volvió a abrir sus puertas el pasado 22 de septiembre capitaneado por el crítico y carismático cocinero Alberto Chicote.

El chef madrileño tiene una vez más que ponerse su peculiar y colorida chaquetilla -marca Ruiz de la Prada, por supuesto- para intentar salvar a unos establecimientos en crisis al borde del cierre definitivo. Y es que en esta nueva entrega de Pesadilla en la Cocina, Chicote tendrá que sacarlos a flote literalmente, puesto que el primer reto con el que se enfrentó fue el Nemesis, un barco con aspecto espacial -sí, se parece literalmente a una nave de la Guerra de las Galaxias- convertido en restaurante y capitaneado por Fred, un francés inventor con bastantes pájaros en la cabeza, el cual invirtió todos sus ahorros -5 millones de euros, que se dice pronto- en hacer realidad su sueño hostelero. El equipo lo completan un marinero convertido en cocinero, una diseñadora gráfica trabajando como pinche de cocina y unas camareras provenientes del mundo del fitness y el baile que poco o nada saben de tomar una comanda en condiciones. Esta macedonia de profesionales y profesiones ha traído como resultado un barco a la deriva que navega en aguas turbulentas y que se dirige directo hacia el iceberg que supondrá su final. ¿Consigue resucitarlo? No os vamos a hacer un spoiler, es mejor que lo veáis.

Pero este caso no es la única novedad. Preparar un menú de boda, ayudar al restaurante de un camping e incluso acudir a un establecimiento que, a pesar de estar situado en el centro neurálgico de la vida turística de la ciudad, podría ubicarse en el mediano Oeste americano, de lo vació que está, son las nuevas situaciones a las que el Top Chef se tendrá que enfrentar. Por supuesto, las cocinas con un nivel de limpieza ínfimo, gritos e insultos entre los trabajadores, y unos propietarios y jefes de cocina engreídos, que lograrán sacar a Chicote de sus casillas, no van a faltar.

Debido al estreno, hoy en Iamhere Magazine, como espectadores asiduos de Pesadilla en la Cocina, vamos a repasar aquellos casos en los que Alberto tuvo que sacar a relucir todas sus dotes culinarias e incluso habilidades sociales y directivas para poder reconducir a estos restaurantes por el buen camino. Antes de comenzar con la lista, no podemos aguantar y lo tenemos que soltar: Chicote, ¡qué santa paciencia has tenido!

La concha

En la tercera temporada, Alberto Chicote acude a “La Concha”, una taberna con sabor andaluz situado en El Rocío, localidad onubense de amplia tradición religiosa característica también por sus calles de arena. Su propietario, Antonio, un hostelero de la vieja escuela, gran devoto de la Virgen del Rocío, lo regenta junto a su marido Andrés, cocinero. El carácter impredecible del jefe, mezclado con grandes dosis de infantilismo y sobreprotección por parte de sus padres, ha llevado a la Concha a una situación insostenible. La culpa: de los trabajadores (jóvenes, inexpertos y baratos), según Antonio.

Pero pronto Chicote se dará cuenta de que el problema de La Concha no son los empleados, sino un propietario que está más pendiente de ir a rezar a la Virgen que de hacerse cargo de su negocio. A esta falta de profesionalidad se suman unas pataletas más propias de un niño de 5 años que de un hombre hecho y derecho. Si le llevan la contraria, la respuesta siempre es la misma: platos contra el suelo y salir corriendo.

Chicote pondrá todo su empeño y paciencia por cambiar la actitud del propietario así como el propio establecimiento. Los cambios efectuados parecen ser del gusto del exquisito hostelero, pero el salmorejo… mejor el suyo.

Al cabo de varios meses, el chef vuelve al restaurante. ¿Se habrán mantenido los cambios? ¿Conservará la nueva carta o habrá vuelto a las viejas costumbres? La respuesta parece bastante clara…

El yugo de Castilla

Chicote no pudo sorprenderse más al recibir la llamada del Yugo de Castilla, un restaurante bodega que el chef ya conocía de su paso por la Escuela de Hostelería, dado el renombre del establecimiento situado en Boecillo (Valladolid) y la cantidad de premios gastronómicos que albergaba su propietario, el cocinero y amigo del chef Cristóbal Berzosa.

Mucho tiempo había pasado y cuando Chicote regresó al Yugo, el aspecto no era el mismo: cocinas sucias y un decorado sacado de una película de terror filmada en un monasterio albergado por monjes benedictinos. Pero lo que sí que había cambiado era el regente del establecimiento; Cristóbal había perdido ese gusto por la cocina y estaba más preocupado por tener una botella de alcohol a mano que por sacar a flote su restaurante.

Este caso tan particular, en el que Alberto tuvo sentimientos enfrentados- rabia y lástima a partes iguales, por lo que es y por lo que fue el Yugo- supuso que el chef desplegara todo su talento para que el Yugo volviera a ser un referente en la localidad vallisoletana e incluso en la geografía española. Los numerosos intentos de Chicote chocaban con la actitud pasota de Cristóbal. Ante la reforma exprés del equipo de restauración, saco a relucir su carácter más fuerte y negativo. “Me habéis jodido el restaurante” llegó a afirmar al ver los cambios efectuados en su querido Yugo.

http://www.lasexta.com/programas/pesadilla-en-la-cocina/mejores-momentos/dan-ganas-salir-aqui-volando-pero-hago-porque-cristobal-amigo_20130516572782fd6584a81fd884e39c.html

Al igual que en La concha, Chicote volvió, pero lamentablemente todos esos buenos propósitos que Cristóbal expresó delante de las cámaras al final del programa se quedaron en agua de borrajas. Una pena.

La Corte

Chicote se traslada al sur de Madrid, concretamente a Fuenlabrada, para poner o por lo menos intentar poner un poco de cordura en La Corte, un restaurante de ambientación medieval regentado por Jonathan y compuesto por un grupo de trabajadores que más que empleados son colegas de juergas.

Al llegar, el chef se encuentra con un panorama no antes visto. Más que un buen aroma a comida recién preparada, lo que se respira en el ambiente de la Corte son bastantes litros de alcohol. Todos los empleados e incluso el propio jefe, quién es el principal instigador, cargan pilas durante los servicios a golpe de chupito. El resultado: un espectáculo lamentable más propio de una verbena de pueblo que de un restaurante temático y una factura acumulada de más de 70.000 euros únicamente en las cervezas y cubatas bebidos por los trabajadores.

Pero, ¿quién pone algo de cordura? Pues como en muchas ocasiones, los padres. Los progenitores de Jonathan se vieron obligados a meterse a la cocina para intentar sacar el restaurante adelante. Debido a la complicada situación, Chicote no tuvo más remedio que poner toda la piel en el asador: primero, dictaminando la Ley Seca para el equipo, la cual, en un principio, se saltan a la torera y, en segundo lugar, intentando sacar toda la rabia contenida por Jonathan.

El desenlace final, con la consiguiente reforma en el establecimiento, supuso que Jonathan recobrara la autoconfianza y los mandos de su castillo, donde el alcohol quedo relegado a las horas no laborales.

Eden

Chicote viajó a tierras catalanas para ayudar al Eden, un restaurante barcelonés propiedad de Elvira y José y sus tres hijos. El matrimonio y cada uno de sus “pequeños” poseen el 25 % de las acciones del establecimiento. El Eden presenta una carta tradicional con comida casera de una calidad considerable, no propia de Pesadilla en la Cocina, dicho por el propio Chicote. Entonces, ¿qué es lo que falla? Pues lógicamente la profesionalidad y la coordinación entre los tres hermanos.

José Antonio parece el más implicado de los tres. No obstante, sus aptitudes medianamente buenas para la labor de camarero se contrarrestan con una actitud negativa y poco empática. Para sacarle una sonrisa hace falta que baje la virgen del Rocío, nunca mejor dicho. Javier es también camarero y community manager sin mucha idea de redes sociales. Una labor que le resta muchísimo tiempo, algo con lo que Chicote discrepa. Ana es considerada la menos profesional. Su afición por los parches iónicos y las pilas hace que esté frecuentemente enferma y se ausente del trabajo. La realidad: no es que le apetezca mucho trabajar.

Si juntas todos estos ingredientes en una licuadora, el resultado es un batido imposible de tragar. No obstante, a pesar de su falta de compromiso, infantilismo y las pérdidas mensuales del establecimiento, todos cobran su sueldo al mes. La paga: del 25% de papa y mamá.

Ante ello, Chicote tomó una decisión drástica: el cierre y traspaso del restaurante. Una mentira piadosa que sirvió para que los tres hermanos reaccionaran y empezaran a actuar como personas hechas y derechas, no como niños. A día de hoy, el Eden sigue en funcionamiento y rinde al más alto nivel. ¿Quién lleva las riendas? Aunque increíble que parezca, Ana es la jefa que coordina a todo el equipo.

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23 años. Maño de nacimiento pero castellano-machego de corazón. Periodista recién graduado, amante de la educación y los debate políticos entre amigos. Adicto a las series españolas- sí, a las españolas-, youtube y algún que otro reality show. Con el mando en una mano y el libro en la otra ya soy feliz. Si me quieres encontrar, no te alejes mucho de la sección de televisión. I @carlos_ramos92

2 COMMENTS
  • Sr. Ruiz 3 octubre, 2016

    Muy interesante

  • Eldora 17 noviembre, 2016

    Ineretsting point, Linda. Next time I'm doing this in a relaxed setting with a small group (as opposed to a big assembly program with time pressure to move on), I will encourage them to take their time and discuss it with their neighbors. We'll see what happens.

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